La suspensión provisional por 30 días que el Tribunal de Ética de AFA le aplicó a Walter Otta, entrenador de Deportivo Morón, vuelve a instalar una preocupación que el fútbol argentino no puede seguir ignorando: la del silenciamiento como método disciplinario.
El castigo se fundamenta en supuestas declaraciones del técnico contra Claudio Tapia y Pablo Toviggino, vinculadas al caso Deportivo Madryn. Sin embargo, Otta jamás dijo esa frase, y el propio club lo desmintió de manera oficial. Aun así, la sanción avanzó. Y ahí aparece el problema.

Actuar sin una evidencia concreta, sin una declaración verificable y sin un procedimiento claro abre la puerta a una interpretación peligrosa: la de un tribunal que no sanciona hechos, sino sospechas. Peor aún, sospechas que involucran críticas hacia la cúpula de la AFA.
No es un detalle menor.
Aplicar una suspensión de este tipo, en medio de las semifinales del reducido y con el equipo arriba 1-0 en el global, tiene un impacto deportivo directo. Pero lo más preocupante va más allá del resultado: es el mensaje que deja. Si un técnico puede ser sancionado por algo que no dijo, entonces cualquier crítica —real o inexistente— puede transformarse en una causa disciplinaria.
Eso, en cualquier ámbito, tiene un nombre: censura.
El fútbol argentino ya convive con fallos polémicos, arbitrajes discutidos y decisiones dirigenciales que generan desconfianza. Pero sancionar a un entrenador por palabras que no existen en ningún registro es un salto hacia un terreno todavía más oscuro. No se trata solo de Otta. Se trata del derecho a expresarse sin temor a represalias, una base mínima de cualquier organización seria.
La AFA debería revisar esta medida con urgencia. Porque si un tribunal que lleva el nombre de “ética” termina castigando sin pruebas y callando voces, el problema ya no es disciplinario: es institucional.
Y es grave. Muy grave.
