El golpe en Córdoba duele. Y duele porque este Unión había logrado algo que hace no mucho parecía imposible: volver a entusiasmar a su gente. La derrota 2 a 0 ante Belgrano y la eliminación en cuartos de final dejan bronca, porque el equipo venía de jugar probablemente uno de sus mejores partidos del semestre ante Independiente Rivadavia y porque la sensación era que había herramientas futbolísticas y anímicas para seguir avanzando.
Pero el fútbol también tiene estas noches donde un equipo llega vacío, cansado, sin respuestas y enfrente aparece un rival que entiende perfectamente cómo jugar este tipo de partidos. Belgrano fue superior. Ganó bien. Y eso también hay que decirlo.
El peor momento llegó en el partido más importante
Unión nunca logró sentirse cómodo en Córdoba. Desde el arranque se lo vio lento, impreciso y con pocas conexiones futbolísticas. El mediocampo perdió dinámica, los delanteros llegaron desgastados físicamente y el equipo jamás pudo repetir esa intensidad que había mostrado días atrás en Mendoza.
Si el partido siguió abierto durante gran parte de la noche fue pura responsabilidad de Matías Mansilla. El arquero sostuvo a Unión cuando el equipo hacía agua defensivamente y evitó que la historia se liquidara mucho antes. Mientras Belgrano encontraba espacios y aceleraba con Zelarayán, Rigoni y compañía, el Tate parecía jugar con el freno de mano puesto.
Y ahí aparece también una realidad que terminó marcando el semestre: Unión compitió al límite físico. Llegó hasta acá con futbolistas muy exigidos, varios tocados y un plantel que, si bien creció muchísimo en confianza y funcionamiento, todavía necesita más variantes para sostener este nivel de competencia en instancias decisivas.
Madelón entendió todo en una conferencia
Después del partido, Leonardo Madelón volvió a mostrar algo que muchas veces se pierde en el fútbol argentino: ubicación. No buscó excusas, no se escondió detrás de lesiones, ni de arbitrajes, ni del cansancio. Reconoció que Belgrano ganó bien y dejó varias frases que explican perfectamente lo que fue este proceso.
Hay una que resume todo:
“Hay un dolor que es sano porque no le debemos nada a nadie nosotros”.
Y tiene razón.
Hoy la tristeza pasa por no haber llegado a semifinales. El cambio es enorme. Este equipo volvió a hacer sentir competitivo al club, volvió a generar identificación con el hincha y, sobre todo, volvió a instalar la idea de que Unión puede pelear cosas importantes.
Madelón recuperó algo que parecía perdido: la credibilidad futbolística.
Un semestre que deja bases en Unión
La eliminación no puede tapar el crecimiento de varios futbolistas ni el salto colectivo que dio el equipo. Unión encontró identidad, consolidó juveniles, recuperó jugadores y armó una estructura competitiva que hace meses no existía.
Claro que faltó el paso final. Claro que el hincha se queda con la sensación de que había una oportunidad muy buena para seguir avanzando. Pero también sería injusto reducir todo el semestre a una noche mala en Córdoba.
Porque este Unión pasó de pelear por sobrevivir a pelear por protagonismo.
Y eso, en el fútbol argentino actual, no es poco.
Ahora vendrá el tiempo de descansar, rearmar energías y pensar lo que viene. Madelón habló de una cabeza “a mil por hora”. Es lógico. El desgaste fue enorme. Pero también queda claro que este proceso dejó algo importante: una base futbolística y emocional sobre la cual Unión puede construir.
La ilusión terminó. Pero el camino volvió a aparecer.
Y después de tantos años de incertidumbre, eso también vale muchísimo.
